
Cada noche deja un recuerdo distinto, aunque siempre hay alguna que no deja huella; los jueves pueden traerte lo inesperado, lo más dulce, y ayer fue un cocktail chispeante. Pero, de todo lo que podría contar, me quedo con dos personas: el primero, nuestro Héroe, uno de los pocos que aun puede ser calificado como un hombre sin que el término desmerezca. Galán de cine en blanco y negro, con su aire inocente y tierno, no hubo opción de encontrarle a solas: en la entrada de un concierto, esperando en la barra de un bar, a la hora del adiós, siempre había una mujer con ganas de acercarse a él y tomar algo. Sé a qué hora le dejamos. Desconozco cuando llegó a casa, a qué casa, ni con quién. Luego confiesa ser agnóstico, ahora que todos creemos en él.
La segunda, nuestra Felina, con su aire trágico y elegante. Imposible que entre a un bar sin que todos los ojos se acaben posando en ella. Siempre leal, llega cuando la necesitas y se va cuando cuando empiezas a quererla, pero nunca te abandona. Si lee esto, sé que me arañará porque no la dedico un comentario en exclusiva. Cariño: lo hago para que no esteis solos.
La noche se acaba cuando las estrellas dejan de brillar; como las nuestras están siempre en lo alto, tuve que abandonar cuando me venció el sueño y mi cuerpo me recordó que hoy había que trabajar. Una pena, porque a veces nuestro mayor tesoro es el ocio y la despreocupación.